Los maestros en muchas ocasiones han optado por transmitir saberes, esta es su función, pero a su vez es la implicación que incide en los procesos del estudiantes, transmitir conocimientos no produce nada nuevo, la creatividad y la innovación quedan guardadas y se omiten buenas ideas, por el tiempo, por el plan de estudios, por la carga académica, entre otros factores que han justificado al docente para evitar su verdadera responsabilidad: ser ejemplo para los alumnos. El docente exige, pero limita en muchas ocasiones el gusto por los libros, pues se torna como una imposición que aburre, como un castigo que aparta al niño del mundo de la imaginación.
La época moderna trajo consigo practicas pedagógicas de normalización, creando dispositivos que respondieran al fin de cultivar hombres ideales, perfectos que aportaran a la construcción de una sociedad organizada. Estas practicas alejaron a la escuela de las experiencias, y aún hoy la tradición continua sumergiendo muchas aulas de clase, que no han logrado establecer proyectos en los cuales no se vea a los niños como receptores del proceso educativo.
No leemos en la instituciones porque no nos lo enseñaron, porque no es un hábito de nuestra cultura occidental, y sobretodo porque no combatimos los peligrosas rastros del pasado.
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